Thomas Hobbes presenta su obra de filosofía civil o ciencia política como un conocimiento objetivo, universal y cambiante, de acuerdo con las reglas internas de su método. La contrapone así a los saberes subjetivos, particulares y clausurados sobre sí mismos, fundamentados en el simple ejercicio de la imaginación o en presupuestos derivados de la trascendencia divina, característicos, según su concepto, de la filosofía especulativa, la teología o la mitología.
Las referencias hobbesianas recurrentes a pasajes bíblicos, figuras fantásticas o relatos míticos son consideradas por los intérpretes racionalistas de sus textos como recursos inherentes a la retórica y la elocuencia utilizada en su época. Sin embargo, la relación entre el Dios inmortal, artífice de la naturaleza y de todo lo existente, y el Dios mortal, fundamento de la política, creado por los seres humanos a su imagen y semejanza, no constituye un simple mecanismo lingüístico dentro de una filosofía civil guiada por la razón. Son parte de un relato imaginario o fantástico, de un mitologema, que permite integrar los mitos de la «naturaleza numinosa» y la «megamáquina estatal» en la teoría política hobbesiana. La fusión entre la argumentación racional y la narración fantástica, ocultada por el discurso y el método científicos, revela el mito de origen de la modernidad política en Occidente.