El invierno no perdona en Maumturk. Tampoco los hombres que bajan de la costa con ballestas de estribo y la ley de un señor que nunca ha pisado esta tierra. Fiachra O'Meara no es un héroe. Es un herrero con demasiadas heridas, una fragua que ama, y posee una familia por la que se desvive y entrega todo para que no les falte nada, con lo poco que el invierno no se ha llevado ya. No hay caballeros aquí, ni profecías, ni magia que salve a nadie a tiempo. Está el hierro frío, la piedra partida a pico, y la certeza amarga de que la próxima tropa que suba por la rampa no va a preguntar por el fuero de nadie. A su lado, Maeve, una amazona de manos firmes y de sangre, capaz de coser una herida a la luz de una brasa y de abrirle el cuello a un hombre sin que le tiemble el pulso. Luego está Bríd, de unos quince años, dueña de una espada que ya no suelta, porque la montaña le robó la infancia mucho antes de que ella se diera cuenta. Y por último, un niño que ha aprendido a afilar lanzas cuando debería estar aprendiendo a jugar. Todos se han forjado con el aceroq que han empuñado, con el don legítimo de no saber rendirse, y combatir por su hogar con la herencia de la forja.
Porque en Cathair Fhionn ya conocen la única ley que de verdad importa; todo se paga. La sal, el pan, la tierra que se defiende con las manos desnudas. Y la victoria, cuando llega, siempre llega manchada de algo que no se puede lavar. Una historia de supervivencia cruda, sin espadas legendarias ni salvadores ? solo el hierro que uno mismo está dispuesto a forjar, y el precio que está dispuesto a pagar por conservarlo.