Cada vez que escribo, siento cómo un fragmento de mí se disuelve en el papel, como si la tinta absorbiera silenciosamente un pedazo de mi ser que no volverá. Las palabras no nacen solo de la mente, brotan de un abismo profundo, de un vacío que arrastra consigo un peso imposible de nombrar, un eco sordo que persiste mucho después de que las frases terminan. Al plasmar ideas, emociones y recuerdos, percibo que me desprendo de algo esencial, como si cada oración fuera un pequeño entierro de aquello que me define y que nunca podré retener del todo.
Es un duelo íntimo y cotidiano: mientras doy forma al pensamiento, muere un trozo de vida que no regresará, y me descubro más ligero y despojado, aunque el alivio sea apenas perceptible. Escribir se transforma en un espejo cruel que refleja mis sombras más profundas, aquellas que la rutina y la costumbre logran ocultar solo a medias. Me obligo a mirar lo que intento esconder, a enfrentar la vulnerabilidad que rehúyo. Cada palabra susurra lo que fui y lo que aún intento ser, cada línea alberga un vacío que nadie podrá llenar, una grieta silenciosa y persistente en mi interior. Sin embargo, existe un extraño consuelo en esta agonía: la certeza de que la tristeza tiene su propio ritmo, que cada duelo personal encuentra un eco en la tinta, aunque sea efímero, silencioso e invisible para los ojos ajenos. Escribir también me recuerda la fragilidad de la existencia, la delicadeza de la vida que se fragmenta lentamente en actos de expresión. Cada gesto creativo es un hilo que se tensa, que a veces duele más de lo que alivia, y cada texto se convierte en un testamento íntimo, un rastro de lo que fui, lo que soy y lo que inevitablemente se pierde en la corriente del tiempo. La escritura, paradójicamente, es a la vez rescate y pérdida: recupera la memoria y los sentimientos, pero exige un sacrificio silencioso de partes de mí que se desvanecen con cada palabra. Y, sin embargo, en esa constante pérdida habita una belleza dolorosa y extrañamente luminosa: la conciencia de que vivir implica dejar que fragmentos de mí desaparezcan. Cada línea escrita refleja el equilibrio inestable entre creación y destrucción, memoria y olvido, necesidad de ser comprendido e imposibilidad de retenerlo todo. Escribir me recuerda que estoy vivo, aunque sea a través de la desaparición gradual de mí mismo, me recuerda que sentir y dejar ir, escribir y perderse, son en realidad formas de existir con intensidad, aunque el precio sea la silenciosa erosión de aquello que más me pertenece. Siento que mi alma se desangra un poco y que me acerco mas a la eternidad.
En el libro se presenta una encuesta, una serie de tipologías y reflexiones finales.